Prólogo: "La herida que nunca cierra"
– Más… – dijo Osvaldo.
– Suficiente – dijo el vampiro.
Sostuvieron la mirada por varios segundos, como intentando descifrar lo que el otro estaba pensando. El vampiro, sin embargo, creía saber con certeza lo que Osvaldo pensaba, o sentía, mejor dicho, pues él también había sentido lo mismo, y los humanos, en gran medida, eran todos iguales.
Observó las gotas de sangre que quedaban aún en el vaso y sonrió. En su primera vez, él no había dejado nada. Había sido más astuto que el pobre muchacho que ahora yacía a sus pies, de rodillas. Éste le devolvía la mirada con una súplica tan patética en los ojos que casi se sintió culpable.
– Tomás.
El vampiro escuchó la voz la vampira a su espalda y se volvió. Siempre había sido claro con todos: odiaba que lo interrumpieran en una iniciciación.
– ¿Qué quieres? – trató de que su voz demostrara el disgusto que le había provocado la imprudencia.
– Han llegado invitados con diversos disfraces, excepto de vampiros. Un sujeto llegó de pirata, y una mujer de mariposa.
“No puedo creer que haya perturbado un momento como este para avisarme tonterías como estas…”, pensó. Observó de reojo a Osvaldo, que aun se mantenía de rodillas y los brazos extendidos, con las manos juntas en forma de cuenca. Los dedos estaban manchados con sangre.
– ¿Y qué? – dijo el vampiro.
La vampira sacudió su cabellera negra y se cruzó de brazos, como gesto de impaciencia.
– Preferí preguntarte antes de dejarlos entrar, Tomás. Sé que no te gusta tener gente que desentone con el resto.
– Ana, ¿no ves que realizo el rito más importante en la vida de este hombre?
– Vamos, Tomás – dijo ella, soltando un suspiro –. Te lo tomas demasiado en serio – rió entre dientes.
El vampiro le fulminó con la mirada.
– ¿Y qué me dices? ¿Los dejo entrar o no?
– Si tienen invitación, nuestro deber es dejarlos ingresar. Es la regla.
– Pero en la misma invitación dice, estrictamente, que sólo se permite gente con disfraz de vampiro.
La impaciencia le hacía temblar las piernas y la rabia comenzó a acumularse en su boca, como saliva amarga.
– ¡Hazlos pasar, y punto! ¡Ahora, vete! – rugió.
La vampira tornó los ojos y dio media vuelta.
El vampiro volvió a concentrarse en Osvaldo. Ahí estaba, tan frágil, como un ánima sin cuerpo, inmaterial, fuera de toda mesura y temporalidad. Ahora que la transformación estaba a punto de finalizar, supo que su vida le pertenecía, pues había sido él el responsable del cambio. Un alma más para su colección, para su deleite. Era dueño de los ensueños de sus sometidos, y sabía que podía jugar con ellos como quisiese. No obstante, siempre había sido muy cuidadoso en dejarse llevar por el instinto. Era demasiado fácil perder los estribos y perder la conciencia en el éxtasis y el desenfreno. Pero años de entrenamiento le habían curtido la voluntad a tal punto que ya no resultaba un gran esfuerzo detenerse en el momento apropiado. Sabía exactamente los milímetros de su sangre que bastaban para convertir a un mortal en un vampiro. Para transmutar lo meramente finito en infinito se requería de técnica, de profesionalismo, y él, vampiro adiestrado, era el mejor en la ciudad. Por esa razón, docenas de personas recurrían a él en busca de ayuda y comprensión. Sin embargo, sólo realizaba iniciaciones dos veces por semana, pues necesitaba que su sangre se regenerara lo suficiente para luego darla de beber al neófito. Cuando llegaba el momento del traspaso de sangre, el vampiro cerraba el puño con firmeza, para que la sangre se acumulara en su muñeca. Y luego, con sólo abrir la cicatriz en forma de cruz que tenía sobre su piel, esta salía con facilidad. Cómo disfrutaba de esa debilidad que invadía su cuerpo cuando la sangre abandonaba sus venas. Se sentía vulnerable, endeble, como una hoja de árbol muerta. Cuando ya comenzaba a sentir los primeros síntomas de mareo, detenía la hemorragia y volvía a juntar los pliegues de piel que formaban la herida en su antebrazo. No obstante, la herida jamás cicatrizaba, pues volvía a ser abierta en un par de días. Por el contrario, se mantenía en rojo vivo eternamente, ardiendo y escociendo como la primera vez. Aquel dolor era lo mejor de todo. Aquella debilidad no se comparaba con nada.
Bueno, quizás con algo…
Beber la sangre del iniciado. Aquel acto completaba el rito y finalizaba la transformación. Desde ese momento en adelante, el humano se convertía oficialmente en vampiro. Resultaba lo más placentero de toda la ceremonia; el momento concluyente.
– Ahora, tu sangre – dijo el vampiro.
Osvaldo estiró aún más su brazo derecho y cogió el athame que yacía en el suelo. Realizó dos cortes perpendiculares sobre su blanca piel y la bebida roja brotó con ferocidad. Fue en ese momento cuando el frenesí se apoderó del vampiro y, agachándose, bebió directamente de la piel. Se escuchaba un tímido gorgoteo y el sonido de una lengua, saboreando un manjar imposiblemente dulce.
– Basta… – susurró el nuevo vampiro.
Sin embargo, el otro vampiro ya se había detenido. Podía percibir en su paladar el momento exacto en el que la otra persona abandonaba su condición humana y pasa a ser una criatura de la noche. Lo distinguía con facilidad, pues la sangre ya no poseía el agriura característica, y se volvía ácida e invasiva.
Desprendió sus labios enrojecidos por el líquido y posó sus ojos sobre los de su nuevo súbdito. Era hermoso. Ahora como vampiro, era hermoso.
– Bienvenido, Osvaldo.
Éste sostuvo su mirada unos instantes. Parpadeó dos veces. Pertenecer a una nueva raza y, en definitiva, a un nuevo mundo, era algo que ya no tenía vuelta.
Y fue ahí cuando comenzó a reír.
Carcajadas harmoniosas comenzaron a brotar de su boca. La risa inundó absolutamente el cuarto.
El vampiro frunció el ceño con ímpetu. ¿Cómo un recién transformado podía reaccionar de esa manera? ¿Qué falta de respeto era esa?
– ¿De qué ríes, idiota?
Pero el nuevo vampiro no para de carcajear atolondradamente. Se agarraba el vientre mientras pequeñas lágrimas salían de sus ojos cerrados. Aún de rodillas, no daba señas de querer detenerse.
– ¿Qué demonios te sucede? – vociferó el vampiro.
– Es que… tú piensas… – el nuevo vampiro comenzó a hipar ruidosamente –. Debiste haber visto tu cara, Tomás. Tan dramático. Tan Drácula. Eres único, ¿lo sabías? Eres único.
El vampiro no respondió.
– Ya, está bien. Me ha gustado tu actuación, hombre. Pero volvamos a la fiesta, porque todavía tengo el asqueroso gusto a sangre en la boca y necesito un trago. ¿Es absolutamente necesario hacer esto para ser miembro V.I.P de tu Club? Te pasas… ¿Crees que Natalia venga esta noche?
Y el nuevo vampiro se incorporó con velocidad al darse cuenta de que no obtenía respuesta. Lo miró y le sonrió.
Luego salió de la habitación, hacia la fiesta.
El vampiro sintió a su corazón que galopaba furioso. No podía creer que hiciera una iniciación con alguien que no lo merecía. Había regalado su sangre, su sangre, tan valiosa, tan impura…
A la tristeza que de pronto invadió su voluntad, siguió una rabia que le hizo nublar la mente, y propinó un sonoro golpe a la muralla. Sus dedos dolieron con fuerza. Y sintió la vergüenza más grande del universo.
Los libros dicen que los vampiros no sufren dolor alguno.
Y es que Tomás no era un vampiro.
Capítulo I
El antro de la inocencia
La mañana lucía un sol radiante y auguraba un día cálido. Santiago de Chile despertaba de la bruma nocturna con brisa fresca, la cual recorría impasible cada calle, avenida y esquina de la gran ciudad. La luz invadía todo. Cada rincón brillaba con una intensidad furiosa, haciendo evaporar el rastro de sombra húmeda que había traído la noche. Eso, para muchas personas, estaba muy bien. Para mí, sin embargo, significaba sólo una cosa: ardor.
Debajo de las mantas de mi cama, cubierto de un sudor asfixiante, intentaba encontrar las fuerzas para comenzar un nuevo día: desafío que se me presentaba cada mañana, desde que tenía once años. Sin embargo, las mismas preguntas me aferraban al lecho incómodo, haciéndome titubear al momento de querer correr las sábanas y levantarme. ¿De qué sirve vivir un día más? Y más aún específico, ¿para qué ser parte de la maquinaria perversa que en lo personal aborrecía tanto? Mis dudas, sumadas al letargo propio después del sueño, me sumían en una especie de laguna mohosa, nauseabunda, de la cual mis piernas intentaban escapar. Pero aquello resultaba una tarea difícil, y muchas veces la debilidad me consumía por completo y me daba por vencido.
Vivía con mamá, mi hermana y dos cachorros Beagles. Éstos últimos eran mis favoritos, claro está, debido a su incondicional silencio de mascotas adiestradas. Por el contrario, muchas veces mamá pasaba por alto la importancia de mantener la boca cerrada, llevándome sin rumbo de vuelta a parajes que pocas ganas me daban por recorrer: discusiones, peleas, miradas despectivas. Todo gracias a las imperturbables ansias de saber “cómo me encontraba”. Sí, bien, de acuerdo, mamá, ahora déjame tranquilo. Sin embargo, muy pocas veces me funcionaba esa técnica, y mi hermana, de menor edad que yo, sólo lograba empeorar la situación cuando decidía mediar entre los dos.
Nuestra casa era espaciosa, modesta, pero cómoda. Podía tener mi propia habitación (el infierno hubiese sido horriblemente peor si hubiese tenido que compartirla con Emiliana), y lo mejor era que se encontraba apartada del resto de la casa. Era, en menor escala, el universo en el cual yo orbitaba, como un satélite sin rumbo fijo, inerte. Estaba decorada a mí medida, aunque todavía quedaban resabios de la época en la que mi madre escogía la apariencia. Aún conversaba las cortinas a cuadros y el primer escritorio que recibiera a los nueve años. El resto denotaba que el paso del tiempo iba dejando su huella inexpugnable: en las paredes estaban los afiches de mis bandas musicales favoritas, al igual que las espadas y armas medievales que coleccionaba. El color del tapiz era gris con líneas negras, y el techo estaba pintado de rojo. Para mí, era la combinación perfecta, pues me recordaba cada mañana al despertar mi fascinación por aquel elixir que tanto anhelaba sorber por las noches. Para mamá, no obstante, era la vergüenza de la casa. Cuando llegaban visitas, les mostraba con orgullo cómo su gusto de revista de decoración barata había surgido efecto en la sala de estar, en la cocina e incluso en el jardín. Mi cuarto, por fortuna, quedaba afuera del itinerario.
De papá nunca había tenido noticias claras. Sabía que se llamaba Arturo y que vivía en Noruega. El resto de la información estaba velada, en cierta medida, por mamá, quien (yo sospechaba) tenía un odio demasiado profundo para hablar del tema. La había abandonado cuando estaba embarazada de Emiliana y yo tenía tres años. Su rostro se visualizaba en mi mente envuelto en una niebla densa, inapelable, y por más que tratara de recordar, su imagen se había perdido para siempre en los vericuetos de mi memoria.
Aquella mañana era la primera de las vacaciones de invierno. No obstante, el cielo se encontraba totalmente despejado, con un sol tan brillante que su luz lograba traspasar las gruesas cortinas de mi habitación y, de alguna manera, las mantas de mi cama. Aún con los ojos completamente cerrados, podía percibir el resplandor atravesar mis pupilas, sensación que torturaba mi cabeza en un dolor sin parangón. Realmente odiaba cuando la luz solar brillaba tan intensamente; pensaba que era como si se estuviese burlando de mi enfermedad. ¿Cómo algo tan agradable para el resto de las personas podía resultar algo tan dañino para mí? No lo podía saber, y eso me frustraba.
Si bien podía salir en días soleados como las demás personas, mi piel padecía una leve resistencia al sol, por lo que debía usar lociones solares para contrarrestar el daño. Mis ojos, al igual que mi piel, sufrían de una cierta ceguera si contemplaba por mucho tiempo los rayos de luz: mi par de anteojos oscuros era la mejor solución aparente. Y, a pesar de que el médico digiera que simplemente el bloqueador solar me protegería, solía evitar lugares muy abiertos en días de verano y siempre andaba con la capucha del sweater puesta.
En invierno, mi desánimo de salir a la calle disminuía considerablemente, ya que la ciudad se sumergía bajo una constante cubierta de nubes (y a veces lluvia, si tenía suerte) y podía caminar sin lentes de sol ni veinte capas de loción. Era por eso que resultaba ser mi estación del año predilecta, contrario a lo que muchos de mis compañeros de clase habrían escogido.
No obstante, odié al invierno aquella mañana. Odié su testarudez. ¿Por qué dejaba que el sol siguiese ocupando su trono de rey tiránico, en vez de dar pasos a las oscuras nubes típicas de su naturaleza invernal? No lo podía entender. Y, debajo de las sábanas, maldiciendo la mañana, traté de encontrar las fuerzas para levantarme.
No las encontré. Y sin embargo, me levanté de tomas maneras.
Bajé las escaleras todavía en pijamas. Entré a la cocina y vi a mi madre con Emiliana tomar desayuno. Mi hermana tenía el pelo enmarañado y los ojos hinchados de tanto dormir, y mi madre lucía su habitual cabellera tomada en forma de cola. Pensé que ya debería haber estado en el hospital (mamá era doctora de la sala de Emergencias), pues siempre salía de casa antes de las ocho de la mañana. Quizás se había quedado más tiempo debido a que no tenía que llevarnos a la escuela. Bostecé dos veces y vertí jugo sobre un vaso que estaba sobre la mesa. En verdad, no me importaba en lo absoluto.
– ¿Tuviste una buena noche? – preguntó mamá. Utilizó aquel tono en la voz que tanto me irritaba. Intenté mantener la calma, respirando profundamente, canalizando mis pensamientos…
– Sí, Elena. Tuve una buena noche – respondí.
– ¿Cómo estuvo la fiesta? – inquirió Emiliana. Lo último que deseaba era que alguien trajera el tema a la mesa. Odiaba que fuesen tan entrometidas.
– Tal vez deberías ir a tus propias fiestas para saber cómo son – dije, amargamente.
Cerré los ojos y dejé que el líquido se desplazara por mi garganta. Dulce. Muy dulce.
– Es que oí rumores acerca de las fiestas a las que vas, Agustín – dijo Emiliana, escondiendo tras sus pequeños dientes una mueca en forma de risa. Realmente me perturbó su expresión.
– No entenderías nada si alguien te contara de qué se tratan – repliqué –. Es más, ni siquiera te dejarían entrar. Es un requisito haber dejado los pañales a un lado para entrar.
Mi hermana empezó a vociferar contra ataques, pero la voz de Elena la detuvo.
– Agustín, ¿qué te pasa? Sólo te ha hecho una pregunta. Además, Emiliana sí ha ido a fiestas, con sus amigas de la escuela, y son mucho más decentes que las tuyas. También he oído un par de cosas…
– Ah, por favor, mamá. Ahora tú no empieces – dije, completa y absolutamente hastiado de la situación.
– ¡Pero si es verdad! – dijo Emiliana –. ¿Es verdad que beben sangre humana?
Me incorporé lo más veloz que pude y salí de la cocina. Me dirigí al baño, escuchando los últimos “¡Emiliano!” provenientes de mamá y los que decidí ignorar. Lavé mi cara en el lavamanos y luego contemplé mi imagen en el espejo. Tenía dos grandes manchas púrpuras bajo mis ojos y mis labios se veían totalmente resecos y agrietados. Y lo que más me gustó (debo ser sincero) era que entre las grietas que partían mis labios, se podía ver líneas intensamente rojas. Yo sabía exactamente lo que era. Deseé tener mi cámara fotográfica a mano para retratar mi boca, tan delicadamente manchada de sangre.
Sí, Emiliana. Bebemos sangre humana.
Reí con tan sólo imaginar la expresión en su rostro si le digiera una cosa como esa. Y más aún mamá. Es que ellas no habrían entendido nada. Habrían gritado y se habrían alarmado, pero jamás habrían sentido el mismo goce interno que envolvía mi vientre cuando el elixir de la vida se dignaba a profanar mis labios.
Me puse un par de jeans negros, una camiseta gris y mi casaca de cuero. Antes de salir de casa, me aseguré de traer conmigo las llaves del auto, mi Ipod, el móvil y el original de un panfleto que había diseñado un par de días atrás. Me había quedado bastante interesante. Lo contemplé por un par de segundos, incapaz de no sentir cierta dosis de orgullo, pues en verdad había trabajado duro. Era un papel de tamaño mediano, con fondo negro, y en una esquina se alzaba una luna llena, pálida y agrietada. La parte superior rezaba:
“Concilio de Ángeles y Demonios.
Eternidad”.
En el centro había dos ángeles, uno con túnicas blancas y el otro vestido completamente de negro (está bien, aquél último no era precisamente un ángel), tomados de las manos y mirándose mutuamente. En la parte inferior estaba la información de la fiesta (lugar, precio, requisitos de entrada, música), esencial para quien estuviese interesado. Miré por última vez al par de ángeles y me pregunté fugazmente cuál ángel sería yo. El blanco, o el negro.
Reí por lo obvio de la respuesta y salí de casa.
Aunque la mañana estaba soleada, la temperatura no era muy elevada, ya que una brisa constante refrescaba todo a su paso. Al rato de conducir con los vidrios abajo, me dio frío, y los subí nuevamente. Las calles estaban con menos tráfico que lo usual, debido a la ausencia de escolares, pensé. El recorrido hasta la casa de Draco ya se encontraba grabado en mi memoria infaliblemente, así que dejé que mis reacciones involuntarias manejaran el vehículo, mientras yo iba pensando en otras cosas.
La noche anterior había sido en parte buena y en parte mala. Buena porque habíamos recibido mucha gente nueva interesada en el Club, y mala porque muy pocas quisieron ingresar efectivamente a él. Sin embargo, lo que la había arruinado completamente fue un sujeto que, inicialmente, había mostrado impetuosas ganas de ser miembro exclusivo del Club. No obstante, una vez realizado el rito de ingreso (que se asemejaba al rito de iniciación de los vampiros) demostró que él pensaba que todo era un simple juego. Se había echado a reír como un idiota y había dicho que yo había “actuado” de una manera impecable, muy a lo Drácula en blanco y negro. Después de que volvió a la fiesta (las iniciaciones del Club se realizaban en una habitación aparte), no pude evitar sentir una ira titánica que invadió mi voluntad. Hasta ese momento, nunca me había ocurrido. Todos los miembros exclusivos se tomaban muy enserio la iniciación, pues si querías entrar al Club, era porque sentías la misma fascinación por aquellos seres de la noche. Debido a eso, emular una transformación a vampiro era casi un honor. Y más aún cuando había real sangre de por medio.
Mi sangre.
Intenté alejar de mi cabeza los pensamientos relacionados con el imbécil de la última noche. El resto de la fiesta estuvo bastante bueno. Vi muchos rostros por donde sea que mirara: algunos nuevos, otros ya conocidos. La música acompañó el ambiente de manera tradicional, pues Cecilia, la DJ, tenía órdenes estrictas de poner, al menos, diez clásicos infaltables en el Club. La gente que iba a divertirse por las noches al lugar, esperaba oír lo usual, pero también las novedades. Ella, en ese aspecto, era única en su especie. Conocía casi todas las bandas emergentes de nuestro estilo y muchas veces tenía contacto con ellas, sin importar el lugar del globo donde estuvieran surgiendo. Eso, en cierto aspecto, me aliviaba, pues sabía que podía confiar en que los asistentes no se aburrirían con la misma música de siempre.
Tal como había dicho Ana, llegó gente usando disfraces no relacionados con vampiros. La regla general del Club era emular un submundo hacia el cual todos pudiéramos escapar del real, donde los habitantes eran seres de la noche. Vampiros, en otras palabras. Sin embargo, también eran aceptados los disfrazados de zombis, fantasmas, brujas o cualquier otro ser que el común de las personas consideraría aterrador. Pero mariposas y piratas no tenían cupo en nuestro universo inventado. La razón era simple: desentonaría de manera gigantesca. Se rompería la oscura armonía. No obstante, los dejé entrar, para que se dieran cuenta de lo incómodo que es no sentirse parte del grupo y, para una próxima vez, consideraran dos veces el atuendo a elegir.
Yo era una especie de jefe de tribu. No era dueño del local, obviamente, pero sí su fundador. La idea había sido mía, cuando sólo tenía quince años, y buscaba en la ciudad algún lugar para ser verdaderamente nosotros mismos. Todos los antros que conocía aceptaban cualquier tipo de gente, algo que parecía obvio, pero si uno iba vestido como vampiro, las miradas ácidas del resto demostraban un rechazo inminente. Y eso apestaba. Pensaba al inicio que era el único que se sentía de esa manera, pero luego descubrí que había más allá afuera: adolescentes reprimidos por la gran mayoría en busca de un espacio para exteriorizar lo que acechaba nuestro interior.
Para dejar salir los colmillos de nuestras bocas.
Aparqué el automóvil frente a la casa de Draco. Demoré un par de segundos en recordar porqué estaba ahí esa vez, pues siempre iba sin ningún motivo aparente. Saqué el CD de la radio y salí del carro. Luego marqué ocho números en mi móvil y esperé.
– ¿Llegaste? – escuché del otro lado de la línea.
– Estoy afuera – dije, y corté.
A los pocos instantes apareció Draco en la puerta de su casa, y reí internamente, pues tenía la certeza absoluta de que lo encontraría tal cual como andaba.
Aún tenía puesto los pantaloncillos y la camiseta con la que dormía, y su rostro pálido denunciaba falta de sueño y sufrimiento. Apenas abría los ojos (la luz solar le debía estar produciendo un dolor espantoso) y tenía los labios marcadamente rojos.
Y supe el porqué.
– Ya terminé el afiche – dije.
Se acercó a la reja y la abrió rápidamente. Se volvió sin responder y entró nuevamente a la casa. Le seguí, sabiendo que aquella conducta denotaba que todo iba con normalidad.
–Me quedó bastante bueno – dije, una vez en su cuarto.
Sus padres no estaban y no tenía hermanos, por lo que teníamos la casa exclusivamente para nosotros; no obstante, preferíamos su habitación, pues era el único lugar en el que no llegaba la luz de la mañana directamente. Nuestro único lugar a salvo, si tuviese que ser drástico.
Draco se sentó frente al computador. Comenzó a teclear ferozmente, con la mirada fija en la pantalla. En el cuarto predominaba un intenso olor a marihuana y a desodorante ambiental, combinación que me revolvió las tripas desde el momento que entré en él. Recostándome sobre la cama aún desecha, lamenté no haber probado bocado antes de salir. Si empezaba a vomitar, no iba a ser precisamente comida que lo saliera.
– Me llegaron cuatro invitaciones al club de Buenos Aires, para la próxima semana – dijo, sin dejar de presionar vertiginosamente las teclas –. Es mi sueño ir. Es el club más reconocido en Sudamérica.
– Oye, no me pones atención – reclamé –. Terminé el afiche para nuestro concilio.
Dejó de escribir y se volvió hacia mí. Sus ojos ahora se encontraban abiertos y sinceramente no me sorprendió encontrarlos inyectados completamente de sangre.
– ¿Y lo has traído? – preguntó.
Saqué el papel de mi bolsillo y, levantándome de la cama, se lo pasé. Lo contempló por casi un minuto, fijando su mirada (intuyo) en los dos ángeles centrales.
– Me gusta – dijo –. Me gusta bastante.
miércoles, 19 de agosto de 2009
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario